Una tarde lluviosa Mateo encontró un viejo cofre en el altillo de su abuela. Dentro había un mapa arrugado con una marca brillante en forma de dragón.
“¡Una aventura!” gritó, y sin pensarlo dos veces, preparó su mochila con una linterna, una brújula y un sándwich de mantequilla de maní.
Siguió el mapa hasta el bosque que bordeaba el pueblo. Cada paso era una mezcla de miedo y emoción. El camino lo llevó a un árbol con una puerta pequeña tallada en su tronco.
Mateo tocó tres veces y la puerta se abrió sola. Al otro lado, el bosque se transformó en un mundo mágico lleno de hongos luminosos, ríos de colores y criaturas diminutas que hablaban en susurros.
Una mariposa de alas doradas se posó en su hombro. “Soy Lira, guardiana del mapa. Debes encontrar al dragón antes de que el sol se oculte.”
Mateo asintió decidido y corrió por un sendero que brillaba bajo sus pies. En su camino ayudó a un ratón perdido, cruzó un puente invisible y resolvió un acertijo para abrir una cueva secreta.
Dentro de la cueva el dragón dormía sobre un montón de piedras que resplandecían. No era enorme ni temible, sino pequeño y tierno.
Tenía una espina rota en el ala. Mateo, con cuidado, la vendó con su pañuelo. El dragón despertó y, agradecido, sopló un aliento que convirtió el pañuelo en una joya luminosa.
“Tu valor y bondad te trajeron hasta mí”, dijo el dragón. “El verdadero tesoro es el corazón que ayuda sin miedo.”
Cuando Mateo volvió al altillo, el mapa había desaparecido, pero el brillo azul seguía en su bolsillo.