Me encontraba sola en mi habitación, con solo la luz suave de una lámpara que dibujaba sombras delicadas en las paredes. El silencio era tan profundo que podía escuchar cada una de mis respiraciones.
Estaba sentada al borde de la cama, todavía con mi blusa ligera y una falda corta. Lentamente, comencé a deslizar una mano por mi muslo… mis dedos trazaban círculos suaves sobre mi piel, subiendo con mucha calma hacia el interior de mis piernas. Un escalofrío me recorrió cuando rocé por primera vez mi intimidad por encima de la ropa interior.
Mis mejillas se calentaron. Presioné con más firmeza contra mi monte, moviendo la mano en círculos lentos. La tela de mis bragas ya estaba húmeda. Cerré los ojos y solté un suspiro que se convirtió en un gemido bajito al aumentar la presión sobre mi clítoris.
“Johnny…”, murmuré con voz suave, imaginando el rostro de mi padrastro.
La excitación creció muy rápido. Me puse de pie y, con las manos temblando ligeramente, me desabotoné la blusa. Mis senos quedaron libres cuando desabroché el sujetador de encaje. Mis pezones ya estaban duros. Los acaricié primero con las yemas de los dedos, luego los pellizqué con más fuerza, sintiendo cómo el placer bajaba directamente entre mis piernas.
Me quité la falda y las bragas de un solo movimiento. Estaba completamente desnuda. Me miré un segundo en el espejo: piel sonrojada, respiración agitada y la humedad brillando entre mis muslos.
Volví a la cama y abrí las piernas. Con una mano separé mis labios y empecé a frotar mi clítoris hinchado con dos dedos, en círculos rápidos y constantes. Con la otra mano apretaba uno de mis senos.
“Johnny… padrastro…”, gemí con la voz entrecortada.
Mis caderas se movían solas contra mi mano. Estaba muy mojada. Deslicé un dedo dentro de mí, sintiendo mis paredes calientes y apretadas. Lo moví lentamente, curvándolo para tocar ese punto que me hacía estremecer.
“Ah… Johnny… sí…”
Pronto metí un segundo dedo, penetrándome más profundo mientras mi pulgar seguía frotando mi clítoris sin parar. Los sonidos húmedos llenaban la habitación.
El primer orgasmo me llegó con fuerza. Todo mi cuerpo se tensó, mis paredes se contrajeron alrededor de mis dedos y solté un gemido largo:
“¡Johnny! ¡Sí, padrastro!”
Todavía temblando, me puse de rodillas sobre la cama, con el pecho hacia abajo y las nalgas levantadas. Desde atrás introduje dos dedos de nuevo, penetrándome con más facilidad en esta posición. Mi otra mano seguía estimulando mi clítoris. Imaginaba a Johnny sujetándome con fuerza.
El segundo orgasmo fue aún más intenso. Escondí la cara en la almohada para ahogar mis gemidos mientras mi cuerpo se sacudía con fuerza.
Sin detenerme, me acosté de espaldas otra vez, levanté las piernas y las flexioné hacia mi pecho, completamente expuesta. Ahora con tres dedos, me penetraba más profundo y rápido, frotando mi clítoris sin piedad.
“Johnny… no pares… por favor…” supliqué entre gemidos.
El tercer orgasmo me invadió con una intensidad abrumadora. Todo mi cuerpo se arqueó, temblando sin control, mientras un chorrito de placer mojaba las sábanas.
Finalmente, exhausta y satisfecha, bajé las piernas y me quedé acostada, respirando lentamente. Mis manos acariciaban con suavidad mi piel sensible. Una pequeña sonrisa se formó en mis labios mientras susurraba una última vez:
“Johnny…”