Sé que estás ahí. Todos me miran. Desde que perdí a mi hijo, todos me miran. Pero
yo miro de vuelta, y no veo compasión. Veo alivio. El alivio de los que piensan qué
bueno que no fui yo.
Yo andaba en malos pasos. Debía dinero.
Mucho dinero. A gente que no perdona. No vine a pagar. Vinieron por mí. Pero no
era a mí a quien querían. Era a él.
Mi hijo. Ocho meses. Dormía en su cuna cuando entraron. Me llevaron a rastras. A
él se lo llevaron envuelto en su cobija.
Me amarraron a una silla de madera podrida. El aire olía a a humedad y metal
oxidado.
Él estaba sobre una mesa de metal, fría, a unos metros. Una luz parpadeaba
desde arriba.
Parpadeaba sobre mi hijo. Sobre su pancita.
Un hombre con pasamontañas se acercó. Yo grité.
- ¡No, por favor! ¡Pagaré todo! ¡No le hagas nada a mi hijo, te lo suplico!
El hombre ni me miró. Sacó algo. No vi bien qué. Era plateado.
¿Un cuchillo? ¿Tijeras? No lo sé, no tengo ni maldita idea de que era eso.
Y entonces lo vi.
Vi cómo levanto su camisa, como pataleaba y lloraba mi bebé, vi como la
herramienta tocaba la piel.
- ¡NO, MI HIJO! ¡NO, POR FAVOR! - grité.
Vi cómo enterraba el filo. Cómo abría. La piel se separaba. La sangre no era roja
como en las películas. Era casi negra bajo esa luz. Oí el ruido. Cómo cortar carne
cruda, pero más suave.
El bebé lloraba. Después el llanto se volvió un gorgoteo. Después un gemido.
Después nada.
Tiré de las cuerdas hasta sangrar. Grité hasta quedarme sin voz. Pero él no paró. Oí
cómo movía las manos dentro de mi hijo. Sonidos que no deberían existir. Cosas
que no deberían sacarse. Vi cómo las dejaban caer en una bandeja de metal. Una.
Otra. Otra más. Como si estuviera vaciando un muñeco.
No podía verlo bien. La luz parpadeaba. Pero lo que veía a los destellos era peor
que la oscuridad. El bulto quieto. La mancha que crecía. El hoyo en mi pecho.
- ¡BASTA, MALDITO, BASTA! - quise gritar, pero ya no salía nada.
Al final, el hombre se acercó a mí. No dijo nada. Solo me mostró algo en la palma
de su mano. Algo pequeño. Algo rojo. Me lo puso en el pecho. Salió. Cerró la
puerta.
La luz seguía parpadeando. Parpadeaba sobre mi hijo. Parpadeaba sobre el
agujero que se había abierto en mí. Y yo no podía ni soltarme. No podía taparme
los oídos. Solo podía oir el goteo. El parpadeo. El silencio.